
Nunca se termina de descubrir la diversidad y complejidad de la isla de la belleza. Descubra en el curso de su estancia en Córcega un pueblo de montañeses con fama de ariscos. Córcega, encrucijada de culturas mediterráneas desde sus orígenes, ha sabido proteger en gran parte su patrimonio natural único en Europa.
Córcega es el encuentro entre el mar y la montaña, el encuentro entre el líquido y el sólido, reencuentro a veces violento, pero siempre impresionante. Aquí se encuentran rocas de tonos rojos (Porto), acantilados de color blanco (Bonifacio), pueblos que se merecen (Muna), pinares de pino Lariccio poderosos y esbeltos (Aïtone), bosques de hayas, abetos, encinas, olivos y castaños; torrentes (Liamone), ríos, lagos de montaña (Creno), peñascos desmenuzados (Calanche de Piana), cumbres apuntadas que culminan a más de 2.700 metros (Monte Cinto).
La fauna y la flora corsas son muestra de la variedad y los contrastes de esta tierra bendecida por los dioses. Durante su estancia en Córcega quizá encuentre muflones y ciervos en las montañas, o águilas pescadoras, que anidan en los acantilados de la reserva de Scandola, los trepadores que habitan los bosques de especies resinosas, o los cerdos salvajes y los jabalíes casualmente por los caminos. En el curso de sus paseos podrá admirar una vegetación que va desde los cactus (chumbera) hasta los madroños, «el árbol de las fresas», y las bayas del mirtilo, pasando por las plantas de la garriga, la lavanda, el brezo arborescente, el lentisco, las distintas jaras y toda una serie de especies vegetales autóctonas.
La isla de la belleza está hecha de decenas de aromas que se mezclan y toman fuerza. Para empezar, el aroma del mar, perfumado porel yodo más puro, y a continuación los perfumes de la garriga, ligeros y potentes, delicados y tónicos, donde se mezclan la jara, la zarzamora, el mirtilo y la lavanda.
En las zonas más altas, los taninos se mezclan con la resina en un entorno perfumado por las encinas y los pinos Lariccio que se suma al aroma de la tierra.
La cocina corsa ofrece sus mejores productos según la temporada. Originariamente campesina, otorga gran protagonismo al queso y, en particular, al brocciu. Su estancia en Córcega le va a permitir saborear platos de embutidos, patés, hortalizas rellenas de brocciu o suculentos chaussons, tartas de hojaldre rellenas de acelgas o calabaza. Los canelones de brocciu son para darse un buen homenaje. Las tortillas de brocciu y menta son de una finura que no tiene parangón. La sopa se elabora a fuego lento, tanto en verano como en invierno. La Azziminu, versión corsa de la bullabesa de Marsella, no se puede comparar con ninguna otra. Las cigalas, salmonetes, conchas, lubinas… ensalzan su sabor sencillamente a la plancha. Las truchas recién sacadas del agua se degustan siempre con gran apetito. Las carnes de caza, impregnadas de los aromas de la garriga, le harán la boca agua. El cabrito, asado o guisado, al igual que el cordero y el jabalí le deleitarán sobremanera. Los ragús de ternera, o el estofado de buey se sirven a las mil maravillas con aceitunas, repollo, guisantes, tomates, pimientos y patatas. Los quesos, suaves o de matices más curados, se acompañan con un buen vino. Para terminar una comida, le encantará comprobar las mil y una maneras de presentar el siempre presente brocciu. Pero no olvide las otras propuestas a base de castañas o los maravillosos buñuelos. Puede acompañarlos con un Cap Corse o un Muscat, o con un licor casero cuyo secreto sólo lo conocen los lugareños…
El corso, orgulloso y hospitalario mientras le lleguemos al corazón y le respetemos, sabe recibir al ”extranjero” como a un hermano. Esta tierra sencilla y hospitalaria le ofrece un patrimonio prehistórico, arqueológico, histórico, artístico, arquitectónico y religioso cuyas innumerables facetas irá descubriendo poco a poco durante su estancia en Córcega.
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